6 de agosto 2000. Isla de Iona. 
A eso de las seis de la mañana comenzó a llover. Era llovizna, de la que moja poco a poco, pinga a pinga. El agua se filtraba por el interior del saco y la esterilla estaba empapada. Acostarse junto a un muro fuera buena idea para poderse proteger de la brisa del mar pero, por mala suerte, no contabamos con un chaparrón a las cuatro de la mañana.
Los dos mochileros tuvimos que vencer la pereza y salir del caliente saco. Nos levantamos del suelo a prisa y corrimos a gran velocidad, calados, hasta unos bancos situados, irónicamente, bajo el porche de la oficina de turismo de Torm (Escocia). "¡Qué viaje más cutre!", protestabamos mientras nos acomodabamos en posición fetal para que los pies nos entrasen dentro del banco.
Apoyamos la cabeza en una mochila de asalto y dormimos. Desde que salimos de Irlanda, todo nos salía al revés. Éste era el quinto día de viaje y parecía que hubiera pasado una eternidad. Nos dolía todo, estabamos hambrientos, sonñolientos y débiles. Pero aún teníamos mucho por delante. Cuando escampó ya había amanecido. Habíamos tenido suerte de que el viento del mar no nos diera de frente. Por suerte, nadie nos había llamado la atención. Eso de estar en un país extraño imponía. Era la primera vez que dormíamos en el viaje a la intemperie. Era una sensación extraña porque parecía como si mil ojos les mirasen.
Peor fue al día siguiente, en la isla de Iona.. Perdimos el ferry de vuelta y no había camas en toda la isla. En realidad, una escocesa nos ofreció una cama para dos por 16.000 pesetas (96 euros) y nos pareció un timo, teniendo en cuenta que debíamos echar a suerte quien dormía en el suelo. Al final, para ahorrar, encontramos una playa cerca del pueblo. A medianoche, llegó la mala suerte: nos despertó la lluvia pero nos daba pereza salir del saco. Luego empezó a diluviar. El agua no se filtraba en los sacos pero un caracol subía ya por mi frente. Al final, vencimos la pereza y buscamos refugio en unos aseos.